miércoles, 25 de junio de 2008

Burbujas de agua y jabón

¿Recuerdas cuando mirábamos las estrellas? ¿Recuerdas cuándo podíamos elevar la mirada más allá de nuestros sueños, de nuestras ilusiones? ¿Recuerdas cuando juramos que lo lograríamos?
Y lo que me queda es recordarte, ese verbo conjugado de mil y una forma, hasta enloquecerme, porque ya no me queda nada, solo horas, minutos y segundos, pero ni siquiera la extensión de un día completo, por eso escribo, en tu nombre, por lo que un día íbamos a ser, por ese futuro tantas veces soñado y que ahora, al menos en esta vida, se convierte en imposible.
Teníamos, a ver, diez tú, yo, unos siete, y como nos divertíamos, las tardes en la playa, el sol, el mar, la arena, se conjugaban nuestros sentidos y nos dedicábamos a jugar, era todo tan simple, allí hicimos nuestro pacto de hermanos de sangre, juramos que pasara lo que pasara, siempre estaríamos allí, el uno para el otro, inseparables.
Nuestro primer cigarro juntos, una bocanada exhalada acompañada de un mareo, y unas risas traviesas, por la pillada de nuestra adolescencia rebelde; la escapada a la montaña, cuando con dos latas de conserva, un poco de pan y mucho de aventura, aguantamos unos tres días y al retorno la paliza del siglo y el castigo esperado.
Vaya que éramos felices y más que eso, libres.
Pasaron unos años, tu periodista, yo, profesor, tú con Lucía, esa pecosa cantarina con cuerpo de sirena, que hacia estremecerte y según tú, lo hacía hasta dejarte exhausto, yo con Julia, su hermana menor, la morena, profesora de niños y con una especie de doble vida, porque quien la viera con su cara aniñada y su cuerpo adolescente, jamás imaginaria que en la cama era una fiera insaciable.
El fútbol los sábados, la parrilla los domingos, y siempre los mejores amigos, nuestra vida, si bien sencilla, era feliz, lo teníamos todo, hicimos nuestras locuras de juventud y ahora recién casados, con un futuro, pensando en un mañana.
Hasta aquí lo común, vivíamos no con lujos, pero si con una vida que dentro de lo que se ve, era normal, hasta ese maldito día, en que todo cambio de color.
¿Cómo imaginarlo? Y claro, ¿Cómo no luchar?
Recuerdo cuando Julia con su voz tierna me dijo asustada que las clases las habían suspendido y que iría al día siguiente a ayudar a otros profesores, por la nueva revuelta, mis alumnos ya estaban de vacaciones, así que me ofrecí a buscarla después de las clases.
Eran exactamente las dos de la tarde, cuando comenzó todo, parecía mentira, llegué a buscarla y unos guardias me informaron que no podía pasar, que el colegio estaba tomado, siguieron gritos, súplicas, y ese maldito ruido seco, eran disparos y más disparos, hasta que las caras silentes de la supuesta autoridad, salía embestida de armas y derechos, cuando se fueron, entré a buscar a Julia, a mi esposa, al amor de mi vida, y lo que encontré fue su cuerpo inerte, con una sonrisa en los labios y su rostro aún humedecido, en sus manos, unos panfletos, por la libertad, por los pobres de nuestra ciudad, por la lucha contra ese gobierno impuesto, y el que consideraba hasta aquel momento, como un vecino más, que no jodía, que estaba pero no me pisaba, y me pisó, me sentía vacío y si hay algo que siempre me hizo luchar, fueron las injusticias.
Allí te busqué, tenía las manos aún ensangrentadas, y mi rostro compungido de dolor, se desfiguraba, me dijiste tranquilo, que sabías en que estaba Julia y la misma Lucía, que la noche anterior había sido secuestrada y que hasta el momento no tenías noticias de ella.
Ese día nuestras vidas cambiaron, nos enteramos que Lucía había sido violada y torturada para que confesara tu paradero, ¿Quién me diría que el periódico para el cual trabajabas era clandestino y lo que se suponía eran notas dominicales de cultura, tenían un doble mensaje dirigido a tus compañeros de lucha ubicados en el interior del país?
Nadie era tan ajeno a esa realidad que tenía a menos de un metro y no observaba, para mi, la vida era la tranquilidad de un buen cigarro después de comer, era el periódico con tus notas culturales que aplaudía siempre que nos veíamos, pero muy lejos de pensar que lo que consideraba externo, influyera en mi esposa, mi cuñada y en ti, me sentí atrapado, me sentía como quien despierta de un sueño maravilloso y cae en cuenta que era eso, un sueño y que la cruda realidad estaba golpeando mi cara sin esperar que lo hiciera.
Nos fuimos con tus compañeros, quienes nos alojaron en esa casa modesta, y desde allí emprendimos una lucha silente, pero con fuerza, éramos una gota minúscula pero que de tanto golpear terminaría carcomiendo la roca sobre la cual caía.
Dos años de guerrilleros, aprendí a usar un fusil, aprendí a no llorar, aprendí de oficios hasta ese entonces inimaginados, y enseñé, esa era mi vocación, pero enseñé a luchar por la libertad, a buscar de cierto modo, que quienes me quitaron a mi Julia pagaran lo que habían hecho.
Era un muerto en vida, y la misma, si bien en un principio había perdido el sentido, ver a tantos inocentes ser torturados me daba ánimos para seguir luchando, como lo hice.
Malo fue el día que mataron mis sueños, pero peor el día que nos encontraron y con una bala certera te quitaron la vida, a ti, el periodista insigne, el luchador, por una razón tan estúpida como el poder y las ansias de arrasar con todo por una ideología que al final de cuentas carecía de sentido común ¿Pero qué es el sentido, sino una cruel relatividad, como todo desde que uno empieza a respirar?
Y a mi, me encarcelaron, a mi, me dieron una celda dos por dos, sin ventana, sin cama, sin estrellas, sin playa, a mi, me dejaron la resaca.
Pedí un cigarrillo, una libreta y un bolígrafo, sin curas, porque no creo en religiones baratas, y aquí dejo escrito, y en las paredes de esta celda, este día de otoño, donde afuera me imagino que caen las hojas, como han caído y seguirán cayendo quienes creen en sus propios ideales.
Pensé que lograría algo, y me imagino que si, que al final, se logrará algo, que aunque mis sueños hayan sido truncados, mi país finalmente salga del atolladero donde lo metieron sin pedirlo.

- Manuel Torres, quítese la ropa, acompáñenos.

A las afueras de esa fortaleza se escuchó el ruido de la metralla, ese día correspondía el fusilamiento de los últimos luchadores contra el imperio, habían caido ya, los últimos desertores.
Dos militares, entraron a la celda de Manuel, uno de ellos guardó los escritos de uno de los últimos conspiradores y se la confió a sus hijos, para que aprendieran lo que ocurría a quienes luchaban por ideales absurdos.
Ahora si, sería definitivamente una bandera sin estrellas.

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