miércoles, 25 de junio de 2008

Cuando al día siguiente subí a cubierta

Cuando al día siguiente subí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo, el día anterior, arenas blancas, agua cristalina, peces de colores, y esas conchas de caracoles que tanto me gustaba coleccionar de niño.
Habíamos comido sobre hojas de palmeras, a la orilla de la playa, para absorber a través de nuestros poros, de nuestro olfato, esa brisa marina, el sabor de la sal, el agradable momento aderezado con cocteles de frutas tropicales. Sentíamos una algarabía, decidimos cantar al son de las palmas, el sol comenzaba a caer, y emocionados, como niños, bailábamos, corríamos, hicimos entre risas, la apuesta más apetecible del momento: el que se equivocara, con el trabalenguas, debía quitarse una pieza de la poca ropa que cargábamos debido al exceso de calor y adrenalina.
Comenzamos con “los tres tristes tigres, comen trigo en un trigal”, pero, a medida que avanzaba el juego, ya Julia, estaba prácticamente desnuda, por el singular siseo entre risas nerviosas, tres tistres tigres… y tras una pausa, con cara de olvido, terminó agradablemente, comen pescado en altamar, me reí, por la tonta combinación de palabras, y decidimos quitarnos lo poco que nos quedaba de los atuendos playeros, para lanzarnos al mar; en un par de horas, regresaríamos al yate anclado a pocos metros de la orilla.
Esa noche, fue irrepetible, olvidamos la vida de la ciudad, nos sentimos dueños del mundo, jugamos a ser dioses, en ese lugar paradisíaco.
De madrugada, yacíamos placenteramente en el camarote principal; la alfombra, mullida, recibió la copiosa vomitada de Julia, ésta provocó un cambio en esa tonalidad cremosa, para darle un aspecto multicolor, entre verdes, rojos y amarillos. Una cuarta parte de ese tejido suave que albergaba la resaca de nuestros excesos, lucía ahora esa tonalidad convergente, nauseabunda, fétida; yo, que estaba a su lado, percibí, la diferencia notoria, entre la exquisita comida del día anterior, con el producto licuado de sus jugos gástricos, y decidí colocarme, lejos de ella, antes que el olor penetrante, asqueroso, repugnante, provocara un terremoto estomacal, y sacara a flote el contenido de mi digestión, arrasando mi garganta con la acidez de mis entrañas. Poco a poco me di cuenta, que la euforia de la noche anterior, se traspolaba, a la resaca y malestar del día siguiente.
Serían las diez de la mañana, cuando la sed, me sacó de un sueño, no sueño, porque, la vigilia intermitente, de lucidez entremezclada con imágenes dantescas, me impidió despejar la borrachera por completo.
Al levantarme, un poco mareado, la alfombra estaba inmaculada, pensaba que una mancha como aquella, sería imposible de quitar. El ver series de televisión tampoco ayudaba mucho, pues mi imaginación, me hizo pensar, que después de haber pasado tan buenos momentos, ahora estaría muerto, o sería arrasado por extraterrestres, o cualquier otra idea macabra al estilo de dimensión desconocida, pero, respiré aliviado, al ver, que Julia, con unas ojeras que no había notado el día anterior y con el cabello algo desarreglado, se acercó a mi, susurrándome unas disculpas sinceras por haberse vomitado, explicándome que desde las seis estaba luchando contra esa mancha y el olor rancio, lográndolo, con muchas restregadas y algo de cloro y jabón.
Agradecí por la explicación práctica y sencilla, y acepté su café negro, caliente, justo lo que necesitaba para despejar, esa sombra que cargaba encima, por los excesos de la noche anterior.
Decidí ver que deparaba ese día, donde partiríamos de la isla, de ese sueño consciente, y, sí, había cambiado por completo.
El día nublado, la visión deprimente, después de tanta algarabía; las aguas, ayer cristalinas, hoy con esa tonalidad, oscura, algo opaca.
No, la verdad, es que la isla, permanecía igual, cambió mi visión.
Julia, ya no era la chica divertida, ocurrente, sensual, alocada; se había convertido, en esa compañera, que casi me vomitó encima, cuyas entrañas, tenían un color similar a poco atractivo –si es que existe esa tonalidad en la escala cromática-. Al terminar el café, sentí miedo, por lo que se aproximaba, por lo que me deparaba, después de esos días maravillosos, tocando el anillo que reposaba en mi anular, ví a Julia, y comprendí que el Sí, no lo había dado en la iglesia, tres días atrás, el Sí lo daba ahora, a esa mujer ojerosa, recién levantada.
Finalmente, la adoraba, por eso, decidí quedarme en mi isla, tuviera la visión que fuera de ella.

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