miércoles, 25 de junio de 2008

Cuestión de relatividad

Un reloj de arena vacio, ¿sirve? Depende ¿De qué? De para que lo quieras, claro
Un libro sin letras ¿sirve? Depende ¿de qué? De para que lo quieras, claro
Un escritorio sin patas ¿sirve? Depende ¿de qué? De para que lo quieras, claro
Un televisor sin imágenes, ¿sirve? Depende ¿De qué? De para que lo quieras, claro
Un bolígrafo sin tinta ¿sirve? Depende ¿de qué? De para que lo quieras, claro
Basta. ¿No tienes otra respuesta? Depende ¿De qué? De lo que quieras escuchar, claro
A veces, no te soporto ¿Lo sabes verdad? Lo se, yo tampoco a ti, pero igual vienes a hacerme preguntas tontas
¿Y si no vengo más?, No escucharás un depende repetido tantas veces como preguntas me hagas
Lo que más me molesta, es que no puedo evitar venir. Entonces ven, aquí voy a estar
Y si te pago ¿sirve? Depende ¿De qué? Del dinero que me des, claro
Y si te mato ¿sirve? Depende ¿de qué? Del silencio que seas capaz de soportar a partir de entonces, claro

Cuatro ojos se cerraron en ese momento, el ruido seco duplicado, fue del sonido lo que quedó.
Sangre fría, de ambos lados. Del que preguntaba; del que a partir de entonces no podrá responder.
Pasado un tiempo, el noticiero daba el reporte: En horas de la tarde, alumno asesinó a profesor para luego suicidarse. Como nota explicativa, dejó abierto su cuaderno con apuntes de filosofía: “No soporto sus relativos, si el se mueve, me contesta, su mente no está condicionada por nada, es absoluta, por lo tanto absoluta es la maldita palabra depende que desprende de su boca irónica cada vez que me responde a cada una de las quince mil preguntas que tengo en este cuaderno y que le he formulado desde que empezaron las clases. Como el movimiento si es relativo, prefiero matarlo, matarme, para demostrarle en su último acto de consciencia que cada cosa es relativa, pero contiene en sí lo absoluto, por lo tanto ha estado equivocado; absolutamente, le demostraré que el depende no podrá usarlo más”.
Como conclusión de la locutora, sin mucho más que añadir, porque lo que le provocaba era reírse nerviosamente ante la insólita justificación del asesinato; solo expresó ante las cámaras a su compañero de programa: La verdad es que la filosofía, enloquece, ¿Para qué ponernos a pensar tanto en juegos de palabras sin sentido?
Del otro lado de uno de los televisores sintonizados para escuchar la funesta noticia, el brillo centelleante en la mirada de otro estudiante de filosofía, mientras veía a su hermana mayor:
¿Rosa, tu crees que la verdad existe realmente? Depende… casi no la escuchaba, pronto sería callada su relatividad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario