miércoles, 25 de junio de 2008

Diez... Once...Doce...Trece

Una vez más, huía de su pasado, pero éste, con voluntad propia volvía y se repetía, cuantas veces no había pedido borrarlo todo, empezar de nuevo; la palabra comenzar hacía eco en el re, una y otra vez, ya se estaba habituando al laberinto sin salida, un círculo, donde cada paso que daba la devolvía al inicio nuevamente.
- Pasaporte, por favor
- Tome

Su bolso tenía diez pasaportes diferentes, con diez rostros distintos a los que pertenecían diez nombres y apellidos que hallaba en libros antiguos.
Este era el número once, perteneciente a María del Rosario Cruz, Cabello: Castaño, Color de Ojos: Azules, Contextura: Delgada, Color de piel: Blanca ¿Qué le faltaba a esa descripción? Uñas afiladas color café, mirada dramática con un toque de ojeras, mucho de cansancio y cero maquillaje, traje sastre a la medida y sandalias a juego con el bolso de marca.
- Me puede mostrar su boleto?
- Si, como no, tome
- Motivo del viaje?
Con cara muy seria – Negocios
- Bienvenida
- Gracias

Se sabía de memoria el protocolo, sus modales exquisitos producto de uno de los mejores institutos en Londres, producía en ella una actitud arrogante, despiadada, decidida, calculadora y con ese toque simbiótico de frialdad producto del clima donde había pasado parte de su niñez. Este sería su último viaje, este sí.
Era implacable, sus padres la colmaron de lujos más no de cariño, para ella la palabra ternura era asociada con una niñera cambiándole los pañales con dejadez y la palabra amor hacia énfasis en la gargantilla de diamantes que le había obsequiado su primer enamorado, el mejor partido, el socio de su padre; éste al morir le dejó toda su fortuna, así que a sus ventiocho era dueña de toda una maquinaria para hacer dinero, viuda y con un perrito de fantasía que era cuidado más por quienes trabajaban para ella que por ella misma.
¿Cómo juzgarla? Si no sabía lo que era sentir realmente y en su mente, a la palabra quiero, le seguía un aquí lo tienes.
Todo lo que pudiera comprar el dinero lo tenía y vaya que compraba cosas: vicios, caricias, atenciones, caprichos y hasta silencios.
En lo que se proponía era la mejor, su astucia abrumaba a sus competidores, tanto, que si bien la odiaban, infundía tal respeto que bajaban la cabeza y hablaban bajo cada vez que se acercaba.
Su meta, estaba por ser alcanzada, lo había conseguido, borraría los recuerdos. Se quitó la peluca, los lentes de contacto, su extensa cabellera roja y ondulada rodeó su espalda y sus hermosos ojos café daban la certeza que era un ángel subido del mismísimo infierno de donde había salido, desapareció el esmalte de uñas y deshizo la perfecta manicura para dejarlas cortas pero cuidadas.
Cortó el traje sastre en pedazos que fue desechando por el inodoro y las sandalias las destrozó de tal forma que hubieran producido un infarto al diseñador que en un momento las hizo tangibles.
Solo quedaba su cartera, la metió en la caja fuerte, llamó a la recepción pidiendo un taxi y con el pretexto que aún no le habían traído su equipaje, solicitó ropa cómoda para conocer la ciudad.
Igual, mucho lujo, demasiado.
Tomó el taxi y llegó hasta el barrio más céntrico con mucho de gente de a pie y tiendas corrientes, compró un bolso barato, unos jeans y una camiseta, dejó en el probador la ropa que el habían dado al llegar, sabía por lo que veía que esta ciudad era igual que las otras diez, el café se lo indicaba y las miradas ansiosas también.
Allí estaba, que rápido había dado con él, cada vez sus empleados hacían mejor su trabajo, ni sabían el por qué buscar con tanto énfasis a esos once treintañeros exitosos, egresados todos del mismo instituto en Londres.
- Muñequita, te ayudo a encender el cigarrillo?
- Por favor
- No eres de aquí, correcto?
- Pues no, tu tampoco por lo que veo
- No, viví en Londres un tiempo, luego Canadá, y ahora aquí… Y tú?
- Yo? Vengo de vacaciones, era un sueño de toda la vida, ahorré mucho y aquí me encuentro, quiero divertirme
- Me parece muy bien, te invito a que conozcas la ciudad conmigo
- Acepto gustosa

Pasearon, disfrutaron una exquisita comida y ya tras unas cuantas copas, se encontraban hablando en el carro de él, frente a un hermoso mirador

- La verdad no lo creerás, pero siento como si te conociera, ya se que parece un cliché pero así es
- Te diré algo, los encuentros en la vida no son fortuitos, ocurren por algo
- Eres encantadora, pero no te engañaré, soy casado, sin embargo, quisieras pasar tus vacaciones a mi lado?
- Acepto – Otra vez aceptaba, haciendo énfasis en la a, sabía cada gesto de su cara, ya había pronunciado antes esa palabra
- Alguna vez jugaste a la ruleta rusa?
- ¿Cómo?
- Eso, si alguna vez jugaste a la ruleta rusa
- No, jamás
- O sea, que no sabes jugarla
- No
- Me parece que mientes
- No se de que me hablas
- Se que estás armado y será una competencia justa, vacía el arma, deja una sola bala y comencemos a jugar
- Estás loca…
- Hazlo por favor, sintamos un poco de adrenalina
- Este juego es riesgoso
- Lo sé, créeme que lo sé
- Recuerdas a Charles, Marcos, Paul? Te suenan esos nombres? Y más aún, recuerdas a Susie, la rubia? A que se te hacen conocidos, por qué te pones pálido? Ahora dime que no jugaste a la ruleta rusa hace trece años exactamente, y te diré que mientes y jugaron ustedes once, después de violarnos a Susie y a mi, ella se llevó el tiro certero, yo me llevé sus rostros, ahora mi rostro si lo reconoces, o aún no?
- Qué, quieres matarme acaso?
- No, solo venía a informarte algo, por eso estoy aquí, marca a tu casa, en estos momentos, te aseguro que te responderán

Sonó el teléfono, unas voces y su mirada fría, esa escena se repetía ante sus ojos sin sorpresa, él, salió del carro y se lanzó al vacío.
Su sonrisa cínica y su sabor de triunfo la llevó a caminar varias cuadras, de pronto la vida había perdido sentido.
A la mañana siguiente, fueron trece nombres sin vida los egresados de la promoción LXXXIII del instituto más elitesco de una ciudad sombría.

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