miércoles, 25 de junio de 2008

El sótano de los sentimientos

Soy especialista en historias, hecho por el cual me asignaron por tarea, en la editorial donde ahora trabajo como Editora en Jefe, convocar al concurso anual de relatos de amor, y vaya que llegaron mensajes a mi correo, desde los más dulces y eróticos, hasta los más tristes y desconsoladores, pero este en especial, llamó mi atención, pensé que a mis cuarenta años, cuerpo de quince, carita de adolescente enamorada y mente de vieja ochentona, no había nada que hiciera estremecer mi piel, pero esto si que lo logró:

Pseudónimo: El escritor en Luna Menguante

Al abrir la puerta, y caminar dos pasos, estaba allí lo único que les quedaba, el destello de su olor en el corredor, y ese papel, donde anunciaba el punto y final de diez párrafos extensos de sus vidas, denominados años.

Andrés, disculpa si no comienzo esta carta con el adjetivo “Querido” como antesala a tu nombre, sabes que comenzamos con un tropiezo, yo me enamoré de tu mirada entrecortada, y de esa maldita indiferencia que me hizo caer en el juego denominado “mentira”, donde lo peor era que me engañaba a mi misma, buscado besos furtivos para llenar la resaca que dejabas en mi mente.
No se que te gustó de mi, si jamás fui tu tipo, ella sí.
Yo no te quería como juguete de satisfacción sexual, tú habrías dado todo en aquel momento, para que su cuerpo te perteneciera.
Tratabas de pintarme un mundo de colores, pero con costuras a los lados, que a veces se soltaban y me hacían sentir mil veces peor.
Tenía que aguantar que vieras a cuanta mujer pasaba por nuestro lado, alegando que los ojos estaban hechos para ver, tenía que aguantar, el sentirme poco deseada, y que siempre por cualquier razón, me hicieras creer que la fuente de tus rechazos era yo.
Tenías una doble vida, y a mí, manipulándome, haciéndome sentir que era la culpable de nuestros tropiezos.
Cuando por fin la conocí, entendí que yo era un absurdo espejo de lo que podrías haber vivido con ella, sin embargo seguimos, yo con mis lágrimas cuando no las veías, al sentirme una piltrafa, al bajarme la autoestima, de tal manera que me creía la peor de las mujeres, no se si era venganza doble, por no tenerla a ella y por sentirte frustrado a mi lado.
Te he llegado a conocer tanto.
Es momento que sepas, que la soledad es mala consejera, algo comenzó a cambiar dentro de mi, las lágrimas se secaron, mi actitud cambió y tú, mientras seguías creyendo que nadie me veía, más llamaba la atención, y él lo notó, se sentía vacío, igual que yo.
De hecho, hace una semana, tu amigo, me enseñó las fotos, donde estabas con una de tus compañeras, no tengo idea, cuantas veces te acostaste con otras, esos viajes de negocios, me los sabía de memoria, y fingías al llegar y lo notaba; me mentías, o creías hacerlo, ahora me doy cuenta que mi percepción jamás falló.
Y sé la causa de tu engaño, buscas en cada mujer ese amor que no te fue correspondido, pero lo siento, antes de entrar en el juego denominado “nos engañamos mutuamente”, me marcho, considero que ya pagué lo que tenía que pagar si es que tenía que haber pagado algo.
Te pido perdón, si ya no soporto tus besos falsos, tus caricias de papel, tu pensamiento hacia ella, tus miradas a las demás con el extra del sexo furtivo imaginándote que sería la imbécil que te creería siempre.
Te pido perdón, por querer ser una mujer realmente deseada y admirada, por intentar buscar de ahora en adelante y lejos de tu sombra, a la persona que se desviva por mi, sin criticarme, quien me devuelva las ilusiones, y sobre todo, las ganas de vivir, porque a tu lado, he estado muerta y decidí salirme de la tumba en la que estuve enterrada y en silencio.
Te pido perdón, por hacerte vivir diez años al lado de una mujer que trató de hacerte feliz, sin conseguirlo jamás.
Y si, siempre fuiste vengativo, pero creo que te equivocaste, no era yo, a quien tenías que pasarle las facturas.
Siente el perfume, un rato más, porque es lo único que te quedará de mi, las fotos, las cartas, mi ropa, nuestros detalles, puedes buscarlos en la cocina, observarás que todo lo que queda de ello, son cenizas.
Felicidades, por tu cumpleaños, en dos horas llegará el mejor de los regalos para ti, de mi parte, la busqué, sabes, desde que ví esas fotos, pensé cuán desdichado eras a mi lado, y sin tener precisamente yo la culpa, así que, decidí encontrarla, vive a quince minutos de lo que fue nuestro hogar hasta hoy.
Te dejo en la nevera tu vino preferido y compré sábanas de seda para que las estrenes esta noche, eres excelente en la cama, al menos para mi, así que no la defraudarás.

Gracias por los diez años de desdicha, aunque algunos oasis de felicidad surtieron efecto, pero sobre todo gracias, por darme lo que siempre te había pedido, tu entiendes a que me refiero, creo que yo también al final, logré tener lo que más quería de ti y al conseguirlo, es suficiente, no hace falta continuar con el cuento de supuestas hadas que nos escribimos mutuamente.

Te amaré siempre, ámame tú a mí, como se aman a los muertos, porque eso es lo que seré de ahora en adelante para ti.
Gracias también por volverme de piedra nuevamente, la palabra nunca será el sinónimo de llorar para mi diccionario en la vida.

Al leer su carta, las lágrimas que ya ella no derramaría, recorrieron sus mejilla, caminó a la cocina, y tragó el olor del fuego ya marchito, se tomó la botella de vino más todo lo que terminaba con la descripción etílico; no mentía, a las dos horas, sonó el timbre intensamente, media hora más o menos, ya totalmente ebrio, caminó hasta la sala y había una tarjeta a pocos centímetros de la puerta, decía el nombre de ella, quien lo había destruido en el pasado y por encima el poco rato de felicidad que había logrado; pautó una cita, sería doce horas más tarde, por fin se vería cara a cara con el pasado que había dejado en el sótano de su conciencia.
Con las ojeras a cuestas y sin afeitar, caminó esos quince minutos, que delimitaban el odio combinado con el deseo, la rabia con la desesperanza, tocó el timbre y finalmente allí estaba, con una bata azul transparente, sus tacones, y esa risa maligna que incitaba, era una diosa, tal como la había evocado tantas veces, ella por supuesto, lo había reconocido a pesar del tiempo, tras el saludo cordial de amigos distanciados, le brindó el mejor de los días para alguien seco por dentro, además de las caricias pagadas, conversaron largamente, su negocio era próspero, pero a leguas se notaba que tampoco era feliz.

Soy yo, quien escribe esta historia, ahora comprendo lo que significa amar, la única manera de darle un significado, es a través del nombre de las dos mujeres que me marcaron en la vida; la primera, cuyo cuerpo jamás tuve hasta ese día, y al tenerlo, me doy cuenta que supo a nada, la segunda, quien me dejó la carta, conjugó el amor y lo equilibró con nuestra libertad; de ahora en adelante soy libre, para poder esconderme en el laberinto de la nada.

Se que no es el mejor relato, pero fue hecho con lo que antes llamaba sentimientos,
Atentamente,
El escritor en Luna Menguante


Y así lectores de este relato, no hay mucho más que mencionar, obviamente no ganó el concurso, no porque no fuera intenso, sencillamente, porque no quise, de respuesta a su relato, estas simples palabras:

Re: Al escritor en Luna Menguante

No pienses ganar con un escrito que no te pertenece, ahora vives, en el infierno denominado vacío, al cual estuve yo condenada durante diez años a tu lado.

Atentamente, quien verdaderamente te amó,
La Editora en Jefe

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