miércoles, 25 de junio de 2008

La historia que les voy a contar

La historia que les voy a contar tiene un principio -como todas -, pero aún no tiene un final, porque se despertó temprano –como siempre-, con un desayuno a medio hacer y todo un día de actividades, desde la oficina, hasta pasear su descontento por el parque cercano al sitio donde vivía.
Era cabizbajo, miope, torpe, sin capacidad para entablar una conversación, propia o ajena, con esos mechones de cabello blanco que denotaban algo de experiencia o sencillamente el paso del tiempo, sus camisas de colores claros, y esos zapatos viejos, pero siempre pulidos. Se caracterizaba por su timidez, la puntualidad de una sonrisa –brillante en mejores tiempos-, y sobretodo, por tener siempre un paragüas como bastón aún en los días de sol inclemente; llevábamos como compañeros de trabajo aproximadamente, diez años, siempre estaba allí desde que comencé a trabajar en esa empresa y de todos esos años, si había tomado vacaciones en una oportunidad mentiría. Para mi, como para todos, era un ser cotidiano como el periódico en la mañana, que no estorbaba pero tampoco daba pie a un interés profundo o intercambio de ideas.
Comenzó con una mirada, súbita, un asalto a su caminar lento, aquel día, hace un par de meses, no respondió a la sonrisa, ni a la oferta del café después de la caminata, solamente, una promesa: tomar el libro que le había dejado en el escritorio de su puesto de trabajo. Esa mañana, por error, llegó a mi escritorio un sobre para él, por curiosidad e irrespetando correo ajeno, abrí cuidadosamente el sobre, y me encontré con un libro y una nota impresa, corta, fría:
“Su mujer falleció hace dos días, creemos que este libro debía pertenecerle a usted, en los tiempos que aún venía a visitarla. Atentamente, personal de enfermería Hospital Clemente de Dios”.
Antes de entregar el sobre, con la funesta noticia, quedé asombrado, no sabía que tenía una esposa, y mucho menos que estaba enferma, y por curiosidad, llamé al hospital, solicitando información, me respondieron amablemente, indicándome que la mujer fallecida, había estado en coma desde hacia quince años, y que el único familiar que la había visitado era su esposo; como no había vuelto a visitarla desde hacia tres años, decidieron enviar el libro con la respectiva notificación a la dirección de su trabajo.
Informé que la noticia había sido recibida y agradecí torpemente, no sabía exactamente que decir, ante algo que ahora sabía, por curioso, por meterme en lo que no debía.
Me tocaba afrontar a mi compañero, el Sr. López, porque era tan lejano que ni siquiera sabía su nombre a pesar de verlo todos los días. Dejé el libro en su escritorio, pero no la nota, y me dije que al salir del trabajo lo seguiría. Así lo hice, pero su carácter seco, me propinó un silencio como respuesta ante mi invitación de café, cena, o cualquier acción que permitiera un acercamiento, para saber un poco más de su vida.
Al día siguiente, se acercó a mi escritorio con el libro en la mano, y con tristeza en los ojos, voz baja y un ligero temblor en las manos, me preguntó si podíamos bajar a tomar un café, le ofrecí una afirmación con mi cabeza, y me apresuré a salir, como iba detrás de él, noté que ese día, sus zapatos siempre lustrosos, no tenían el brillo de costumbre, y la camisa siempre bien planchada, tenía unas arrugas profundas, como su frente.
Al sentarnos en el café, se quitó sus lentes, y tras unas lágrimas, achacadas a sentimentalismos por la vejez que se aproximaba, me preguntó la razón por la cual aquel libro había dado a parar a su escritorio. Le contesté que si bien había cometido un error, por meterme en algo que no me correspondía, me asombró saber que nadie en la oficina supiera que tenía una esposa, y que por encima había fallecido.
- Sr. Carlos, usted, como todo el resto de la oficina, no tiene por qué saber nada sobre mi vida personal, que de hecho es inexistente.
- Sr. López
- Por favor, a estas alturas llámeme Joaquín.
Apenado, me di cuenta, que su nombre, era inexistente en mi memoria y agradecí mentalmente por traerlo a colación
- Joaquín, lamento mucho lo de su esposa. Supongo que no tiene hijos.
- No, ni hijos, ni familia, espero solamente, que llegue el momento de mi jubilación, para retirarme a un ancianato.
Hablaba, en ese momento con tanta claridad y certeza que no me atreví a increparlo con esperanzas vanas de hacer amistades nuevas, un viaje a alguna isla del Caribe, un cambio de imagen, ni mucho menos, buscar a alguien con quien compartir su vida. ¿Qué ofrecerle a alguien que parecía vivir con esa sombra llamada soledad, pero que a la vez tanta compañía aparentemente le brindaba?
- Podría saber a qué se dedica al salir de la oficina, ¿Cuáles son sus pasatiempos?
Una mueca que podría ser imitación de sonrisa, fue su única respuesta, se levantó, agradeciéndome por el libro, y me preguntó si en la tarde al salir de la oficina podría acompañarlo a caminar.
Al menos Joaquín abría en algo su vida para conocerlo un poco, esa tarde caminamos hasta entrada la noche, al llegar al portal de su casa, se despidió amablemente, pero sin ofrecerme subir. Pensé que ya era un avance que me permitiera acompañarlo, había tomado la decisión de acercarme a él.
En la mañana que siguió a aquella conversación, corta por demás, no llegó a trabajar, ni tarde, ni temprano; tampoco lo hizo al día siguiente. Preocupado por él, pedí su número telefónico al departamento de Recursos Humanos. Llamé, esos repiques sordos me indicaban que nadie se encontraba del otro lado de la línea, o por lo menos, había una negativa certera a atender ante el insistente sonido.
Al mediodía me acerqué al edificio, pregunté a la portera por el Sr. Joaquín López, indicándome que podía subir a su apartamento, ofreciéndome la llave del mismo; me explicó que Joaquín le había dado esas instrucciones hacia un par de días, disculpándose con prisa por un viaje inesperado a un pueblo cercano, para atender asuntos de negocios.
Subí, abrí la puerta, y era lo que me temía, Joaquín, yacía en su cama, con los ojos cerrados, vestido de negro, era como si estuviera listo, para asistir a su propio funeral.
No es necesario dar los detalles del médico forense, ni del entierro - sin dolientes -, solo yo, el curioso del escritorio de al lado, que abrió un sobre que no le correspondía.
Un par de semanas más tarde, el cartero de la oficina, me dejó otro sobre; todos allí, ni mencionaban a Joaquín, por supuesto, jamás lo conocieron realmente.
Al comenzar a leer, quedé atónito por el escrito, correspondía a Joaquín.
“Decidí que serias tú, sencillamente porque tu escritorio era el más próximo al mío, en esta oficina que compartimos por unos diez años. Solo esperé a que mi esposa muriera, para quitarme la vida, mi responsabilidad era respirar, mientras ella lo hiciera, vivir, alejado del mundo, como en una especie de autismo, similar a lo que ella debió haber experimentado en quince años de silencios, sin movimiento.
Obviamente, quería que alguien de aquí diera la noticia de mi muerte, para retirarme de esta vida no vida, la que se acabó, desde la noche en que llegué borracho por la celebración de mi cargo destacado como directivo en una empresa similar a ésta y la dejé en ese estado por la paliza que le propiné, sin explicaciones, sencillamente, porque perdí temporalmente la razón.
No hay justificativo, en el hospital hice simular con mi dinero y la ayuda de unos abogados, la causa de los moretones, un supuesto accidente en el vehículo familiar que obviamente choqué para que todo quedara perfecto.
No hay perdón, ni confesión que pudiera lograr liberarme de la culpa y el peso por lo que hice, para mi la cárcel no habría redimido mi pecado, preferí el mutismo, la ausencia, el no ser.
Gracias por el libro, yo mismo coloqué el sobre en tu escritorio, alguien debía saber la verdad.
Atentamente, Joaquín López. Mi verdadero nombre, no es necesario que lo conozcas, ese se me olvidó el día que prácticamente maté a mi esposa, y la condené a un silencio por el resto de lo que le quedó de vida”.
Desde ese día, no faltan flores en la tumba de quien fue la mujer de Joaquín, desde ese día, llego a mi hogar, y agradezco por la esposa que tengo, desde ese día, decidí dejarle la curiosidad a cualquier persona menos yo y sobretodo llevo esa carta siempre conmigo; para mi mente, la historia tiene final, la acción cometida, no.

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