miércoles, 25 de junio de 2008

Quedan tres minutos y medio...

Quedan tres minutos y medio para ahogar el silencio… dos y medio… uno… falta pocooo, siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, por fin, el timbre del recreo!!!
Pedro, Martita y yo –Andresito-, todos los días, esperamos a que llegue esta hora, para salir, a correr, a jugar; venga ya, al escondite, a sentirnos libres; podemos gritar, saltar y por supuesto hacer travesuras.
Menuda la cara del Sr. Julián, cuando le quitamos sus lentes y dada la poca visión, comenzó a caminar medio torpe, tropezando con una piedra, y gritando – Bribones, a devolverme los lentes!!! . O cuando, dábamos sustos a Carmela, la gordota que finalmente nos consentía y aceptaba nuestras bromas con una gran sonrisa llena de color rojo granate y esos cachetes como manzanas acarameladas, ummm, las manzanas acarameladas, me encantan, como la torta de chocolate, los caramelos y todas las chuches.
Una vez, nos vestimos de piratas. Pedro, por delgado, era el Capitán Cocoverde, y Martita, la más linda de todas, la princesa Pipita, yo, era el malo ese día, Mujaja, el que tenía prisionera a la bella damisela; si Cocoverde llegaba a Isla de Lápices en menos de quince minutos, debía darle a Pipita, sino, yo sería su amo y señor por los tiempos de los tiempos; a menos que, claro está, me entregara el botín de pasteles de jengibre, bastones de caramelo, bombones de chocolate, mazapanes y turrones.
En el fondo, adoraba a Martita, era el amor de mi vida –lo cuál a los ocho años es mucho decir- y quería estar con ella el mayor tiempo posible, por eso acepté ser Mujaja. Soñaba con ella, y con ese beso en el cachete con olor a margaritas que me hizo sonrojar, aunque jamás le dijera a Pedro que esa niña me gustaba; si lo hacía, dejaría de jugar conmigo, porque el me decía que las niñas solo servían para jugar a las muñecas y estorbar de cuando en cuando con sus “estoy cansada de tanto caminar”, o sus comentarios odiosos como “huelen a sudor y lo único que saben es jugar a los carros y a las batallas”.
Para Pedro, Martita, era un estorbo -mejor sería si fuera niño- pero para mí, era hermosa, con su olor dulce siempre, y su ropita tan suave, y esas manitas siempre limpias, a veces me daba pena las mías, llenas de mugre, y con las uñas a medio comer.
Hoy jugamos al escondite, y ganó Marcos, el nuevo que ya se cree jefe de la pandilla, y eso que apenas llegó la semana pasada; tiene la cabeza rapada, y es grandulón, se hace llamar, el Calvete, y su carácter huraño, le hace parecer mayor.
Quedan tres minutos y medio para rescatar el silencio, el timbre de nuevo, lo hace renacer, como todos los días, y volvemos a quedarnos quietecitos, aburridos, mirándonos, haciendo la tarea, pero sin hablar. El maestro, ha prohibido emitir palabra alguna, y su cara tan seria, impide desafiar el mandato, nos ha dicho que si rompemos el silencio, nos llevarán con los Zaparates, quienes hacen a los niños sentir el miedo de verdad.
Sin embargo, a pesar del silencio, hoy es un día bonito para mí.
Hoy me visita mi mamita, no entiendo por qué siempre que viene a verme, termina llorando, debe ser porque cree que me portaré mal y el maestro me mandará con los bichines esos; pero no, soy el mejor de la clase, me lo ha dicho Él, y me ha prometido, que si sigo así, algún día me permitirá salir de aquí y visitarla, pero un ratito solo.
Mamita, te amo, y aquí me cuidan bien, no llores, te prometo que haré silencio, para poder verte pronto y darte mil besos y abrazos, me encanta verte, pero necesito que me acurruques como solo tú sabes haces hacerlo.
Ya se fue, pero hoy, además de las flores, me dejó una chupeta de mil sabores, estoy feliz, esa es una de mis chuches preferidas.

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