jueves, 9 de junio de 2016

Contracorriente - 11 de octubre

Catalina afianzaba su conocimiento sobre los hombres, mentalmente diferentes, hormonalmente a kilómetros de distancia, sin embargo, se sentía identificada con sus vivencias, aprendía de su visión de vida, de como pensaban, como veían a las mujeres, como se veían a ellos mismos.
Había encajado de cierta forma en ese grupo anónimo, versátil y definitivamente ajeno a lo que había vivido antes.
Sus dos aliados hasta ese momento, de confesiones, risas y juegos habían sido Fran y Daniel.
El primero inmaduro, el segundo amargado.
Uno cómodo, el otro ahogado en el despecho.
Ambos trabajaban en lo que la ciudad maldita les permitía.
Ambos conocedores expertos de caricias pagadas.
Ambos con el rock como bandera.
Fran tenía una banda de música.
Daniel quería ser Bunbury.
En una de esas noches, Daniel le mandó Contracorriente:



Y ella por supuesto, le respondió en su espacio:

Contra la oscuridad, la luz
Contra la tristeza, la alegría
Contra la muerte, las ganas de vivir
Contra la santidad, el pecado
Contra el silencio, las palabras
Contra las sensaciones, el pensamiento
Contra la soledad, la paciencia
Contra el vacío, la esperanza
Contra la adversidad, la lucha
Contra las penas, la fe
Contra el pasado, las metas
Contra el insomnio, los sueños
Contra la culpa, el perdón
Contra la ignorancia, el conocimiento
Contra el abuso, la experiencia
Contra el suelo, el cielo

Porque soy un ángel caído
Porque ahora si seré invisible
Porque me debo encontrar primero
Porque me fragmento
Porque no tocaré fondo
Porque me he perdido y busco el camino
Porque encontraré el sexto sentido
Porque todos somos ángeles y demonios

Le daba a entender a él y los demás que se sentía sola, pero con ganas de tener compañía. 

Sabía de memoria esa frase "el que con fuego juega, termina quemándose".
En esos momentos políticamente con los mismos ideales, con gustos musicales similares, con alas rotas. 
Todo el mundo, el mismo Daniel, le alertaba bueno y sano que eso no conduciría a nada, pero, precisamente, cuando la obstinación y la terquedad se hacen presente, dan igual los consejos, las alertas.
Fran entre partida y partida de ajedrez le hacía ver que su primo era bueno, pero no estaba preparado para otro golpe mas, le advertía que podía ser incluso dañino en su estado.
Catalina no sabía qué disfrutaba mas, si los sinsabores y penurias que incitaban a la lástima por Daniel o ese espíritu rebelde y a veces obstinante de Fran.

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