lunes, 1 de agosto de 2016

Espíritu de la Navidad - 21 de diciembre

La Navidad, cuando se vive en un país del trópico se torna diferente, es distinto.
Sin embargo algarabía, felicidad y ese "botar la casa por la ventana" era típico en esa ciudad caótica. Todos los problemas se postergaban para enero, como si súbitamente desaparecieran; en un estado de embriaguez colectiva, lo importante era celebrar, la familia, los panas, las gaitas, la rumbita, el ponche crema, las hallacas, los regalitos, el estreno y por supuesto, el ritual del espíritu de la Navidad.
Catalina lo hacía desde que estudiaba en la universidad, cuando una de sus mejores amigas, invitara a un grupo de amigos en esa salita de dos por dos, con adornos navideños de cuatro por cuatro. Jamás había visto tanto periquito y floripondio rojo, verde, dorado y con escarcha, era un vómito visual, una estridencia a los sentidos, pero le encantaba.
Recordaba a la mamá de su amiga como perfecta anfitriona siguiendo, mas que el ritual de cualquier espíritu, el ritual de Carreño, era una "doña del Cafetal" en pleno centro de la ciudad.
Consistía es escribir una carta con 21 deseos, luego prender incienso de mandarina, velas de mandarina, desinfectante de mandarina y tufo de mandarina que perduraba en la pituitaria por lo menos hasta junio del año siguiente.
Por supuesto, como buen ritual había que bañarse con jaboncito cítrico amén de recitar de memoria todos los deseos a la medianoche.
Como digo, esos lujos se los pueden dar quienes viven en el trópico, porque hacer esas gracias de bañarse en la madrugada en pleno invierno, convertiría el ritual en pesadilla y colapsaría las emergencias hospitalarias de constipados y complicaciones pulmonares.
Pero no, no me desviaré de esta Historia Cualquiera.
Catalina sabía que en los deseos había que ser específico, nada de pedir un hombre por ejemplo, no, al Espíritu había que especificarle: un caballero con carro, apartamento, buena cuenta bancaria, profesional, buen físico, inteligente y por supuesto con firmes deseos de casarse y crear una familia. Eso al menos era lo que le decía Marilyn que escribiera. Si ya había alguien en la mira, bastaba repetir 21 veces el nombre del afortunado.
Ella no creía en cuentos de camino, no tenía idea por qué a pesar del tiempo, seguía haciendo el bendito ritual, quizás porque le recordaba esa buena época universitaria, siempre pedía salud, empleo, lo típico como en esas cartas que de niños escribimos con esa ilusión inocente a Papá Noél o San Nicolás o el Niño Jesús.
Hombres, no gracias. La última vez que incluyó esa petición apareció ese novio de tres años, donde al principio todo empezó con rosas y lamentablemente terminó con espinas.
El 21 de diciembre, Catalina se reunió con su grupo de amigos en el Centro Comercial y les entregó envueltos en papel de seda un muñequito japonés a cada uno.
No esperaba nada a cambio. Su sorpresa fue mayúscula cuando Fran le regaló una cadena, el dije era un sol con una luna engarzados "Sabía que nos traerías algo y no podías irte sin nada".
Los mejores regalos, son los que no se esperan.
Los mejores deseos, son los que no se piden.
Ese año, sin ella, saberlo el Espíritu tropical, le concedería lo que a propósito no había escrito.
Cuando llegó a su casa después de la reunión, notó un mensaje de texto en su celular.
Avix la invitaba a salir.

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