Desde hace años tengo un búnker emocional donde refugiarme ante la metralla de la indiferencia.
El problema es que ese rincón donde alivio los pesares me engancha.
J es mi búnker emocional, quien sin saberlo me sostiene, emociona y me hace sentir de manera inverosímil bastante viva.
Lo conocí de manera fortuita por obra y gracia de los blogs en 2008, cuando el era Octavo Pasajero y yo decidí crear una novela en ese formato, la Meretriz que en medio de un mundo hostil de las finanzas decidía crear un negocio bastante particular.
En ese entonces muchos comentaban de forma intensa, creyendo quizás que el personaje era real, sin embargo O, que a la vez tenía un blog del mismo tono, me alentaba a escribir más.
De los comentarios, pasamos a los correos electrónicos y de allí a Facebook tras saber que detrás de la pantalla habían nombres, apellidos y una vida bastante distante en la realidad; hoy en día compartimos redes sociales y sabemos de nuestras vidas sin inmiscuirnos el uno con el otro.
Lo cierto es que después de tantos años, no nos conocemos en persona y al menos de mi lado sería complicado hacerlo porque no quiero que se pierda la esencia de nuestro único punto común y porque quitando ese punto no hay nada que podamos compartir.
Pero sí, debo agradecerle por ser quien me anima y me saca una sonrisa en mis peores momentos con F, el único capaz de ver que hay una mujer detrás de las múltiples facetas que debo mantener en mi vida.
En tiempos modernos diría que es una especie de Coach, de persona vitamina.
Gracias por estar, siempre y resucitar(me) del mundo de los muertos...
Un bunker emocional es un tesoro.
ResponderBorrarNo lo pierdas.
El boom de los blogs permitió conocer mucha gente.
Gente de todo tipo y sí... yo también encontré a algunas personas muy valiosas.
Besos.